Un Ejercicio de Prospectiva

Se me ha pedido que haga un ejercicio de prospectiva. La Real Academia Española define tal cosa como: “[el] Conjunto de análisis y estudios realizados con el fin de explorar o de predecir el futuro, en una determinada materia”. Cosa difícil de lograr en los quince minutos de que dispongo. Así que permítanme hacer referencia a cuatro de las dinámicas que explican el mosaico cristiano-evangélico mexicano y aventurarme a especular sobre el posible desarrollo de las mismas.

Identidad confusa

De alguna manera, esta Cumbre Evangélica 2009, es una reacción al avasallamiento que un sector del liderazgo evangélico sufre ante la emergencia de nuevas figuras protagónicas, tanto al interior de la comunidad de la que forman parte, como ante diversos interlocutores de la sociedad mexicana. La aparición de tales nuevas voces afecta tanto cuestiones litúrgicas como doctrinales, además de ofrecer nuevos modelos de organización eclesiástica y de liderazgo. Pero no solo ello, también genera tensiones en cuanto al perfil ideológico-político que, se pretende, ha identificado al protestantismo mexicano con las posiciones liberales emanadas del pensamiento juarista.

Así, hoy día resulta una tarea difícil saber quiénes: iglesias, líderes y tradiciones denominacionales, pueden ser asumidas como las “iglesias evangélicas mexicanas”. Tanto las iglesias y liderazgos quienes, en número creciente, se rehúsan a ser identificados como tales; así como quienes pretenden reivindicarse como las “verdaderas iglesias evangélicas”, omiten la tarea de aportar los elementos que permitan perfilar los elementos que constituyen la identidad evangélica.

Así, los cristianos niegan ser evangélicos, aún cuando comparten con estos el marco doctrinal que da forma al evangelicalismo: énfasis en la importancia de la conversión personal; la aceptación de la Biblia (canon de los 66 libros), como la fuente primaria de la revelación divina; la evangelización como la tarea prioritaria de la Iglesia; y la suficiencia y la centralidad del sacrificio de Cristo en la cruz para la salvación por la gracia. Iglesias cristianas no católicas, de gran presencia y con un peso específico significativo en el mosaico religioso mexicano, tampoco son consideradas, del todo, como evangélicas. Algunas, porque sus doctrinas no coinciden con las de los grupos evangélico-fundamentales y/o las de los grupos pentecostales clásicos. Iglesias que viven en una especie de limbo de legitimación, entre las cuales podemos enumerar a las siguientes: la Iglesia Adventista del Séptimo Día, la Iglesia de Dios 7º Día, la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, los Centros de Fe, Esperanza y Amor, la Iglesia de la Luz del Mundo, la Iglesia Universal del Reino de Dios, etc.

Los evangélicos, por su lado, rechazan ser equiparados con los cristianos dados los énfasis litúrgicos, estructurales y financieros que caracterizan a estos últimos. No obstante que, en la práctica, no hay diferencias de fondo entre ambos grupos. Por ejemplo, si bien algunas iglesias históricas mantienen las formas tradicionales en su liturgia, cada vez más favorecen las propuestas neos, en las actividades secundarias: cultos de jóvenes, de evangelización, etc.

Así, al hablar de las iglesias evangélicas tenemos que preguntarnos: ¿de quién estamos hablando? Parecería ociosa esta reflexión; pero no lo es, porque está en el fondo de los conflictos intra-evangélicos, de la intolerancia endógena y de la falta de unidad, ya de espíritu, ya de acción, que caracteriza a las iglesias cristianas no católicas.

La falta de identidad es un reto que va mucho más allá de las cuestiones nominales y de clasificación de las iglesias cristianas no católicas. Tiene que ver con el ser mismo de la Iglesia. Una cuestión a considerar es si, esencial y fundamentalmente, asumimos que el Cuerpo de Cristo: la Iglesia, es una sola. Y si esta una es la suma de todos aquellos que confiesan que Jesucristo es el Mesías (1 Jn 4.2), o si es solo aquella institución a la que uno pertenece (con su AR, desde luego).

Unidad fragmentada

La unidad del cuerpo de Cristo es una realidad subyacente que debemos honrar. No hay que construirla, solo debemos abundar en ella. Y la única forma de hacerlo es asumirnos iguales: miembros los unos de los otros.

Debo denunciar que, respecto de la unidad de los cristianos, vivimos una gran simulación. Recurrentemente nos rasgamos las vestiduras lamentándonos por la falta de unidad… al mismo tiempo que nos mantenemos separados.

La intolerancia anti cristiana-evangélica, pasa por la intolerancia intra cristiana-evangélica. Y la intolerancia entre instituciones, denominaciones, grupos, como quiera que le llamemos, es solo la expresión de la falta de identidad personal y de su consiguiente falta de caridad, aprecio y reconocimiento al otro. Los otros, la otredad del otro, nos asustan, nos ponen en riesgo.

La unidad no se decreta, se vive. La estorbamos cuando nos asumimos cualitativamente diferentes a los demás. La fortalecemos cuando nos reconocemos iguales. Abundar en unidad requiere que rindamos nuestras banderas. Hay nombres que tienen que menguar, hay instancias que tienen que desaparecer, hay actividades que tienen que cesar para que Cristo crezca entre nosotros.

Tres parecen ser los principales elementos que hacen de la nuestra una unidad fragmentada. Primero, la tensión resultante de la proliferación de nuevos movimientos religiosos no católicos, cuyo crecimiento se da, generalmente, a costa de las iglesias establecidas. En no pocos casos el campo de cosecha de los nuevos movimientos lo son las congregaciones evangélicas, quienes parecen estar pagando facturas a la ICAR, a costa de la cual crecieron. Un segundo elemento es el protagonismo de diversas personalidades que han ocupado, o lo hacen actualmente, posiciones de liderazgo al interior de sus propias instituciones. En algunos casos se trata de quienes han perdido espacios de influencia en sus propias iglesias y, en otros, de quienes hacen de su presencia pública un argumento para conservar y/o fortalecer su influencia intra denominacional. El tercer elemento a mencionar aquí, de alguna manera está vinculado al anterior, tiene que ver con el creciente involucramiento de ciertos sectores de liderazgo eclesial en cuestiones políticas-partidistas. Como puede notarse en la incipiente guerra electoral cibernética que involucra a las comunidades cristianas no católicas, desde el Rosy Sí, hasta el Calderón sigue siendo católico, se trata del uso de la fe, y de la iglesia, en la tarea de cooptación del voto evangélico y el fortalecimiento de plataformas electorales a medianos y largo plazo.

Al fin pastor, me veo en la necesidad de recordar a ustedes que la falta de unidad entre nosotros: nuestros recelos, nuestras competencias y luchas, nuestras mutuas descalificaciones, solo evidencia la falta de unidad entre nosotros y Cristo. Así que, yo, el menor entre ustedes, les pido en el nombre de Señor, que rindan sus vidas a Cristo. Que le entreguemos lo que solo a él le pertenece: su Iglesia. Que nos neguemos a nosotros mismos y debemos honor a nuestros hermanos. A que en humildad renunciemos a lo que creemos tener derecho, sin tenerlo, pues somos solo siervos, inútiles siervos al servicio del Señor y de su Iglesia.

Liderazgo en transición

Diversos son los elementos que sugieren, cuando menos, el desgaste del modelo eclesial representado por las iglesias evangélicas. Uno de ellos tiene que ver con el hecho de que los liderazgos evangélicos pasan por una etapa de transición. Primero, se trata de una transición generacional. Si los movimientos evangélicos pentecostales representan las dos terceras partes del protestantismo mexicano, resulta importante que entre el sector pentecostés independiente, que representa a su vez las dos terceras partes del pentecostalismo nacional, los líderes fundadores están muriendo o en la etapa final de su vida activa. En no pocos casos y dada la carencia de medidas preventivas, el debilitamiento y/o la ausencia de los liderazgos fundadores, está generando una serie de crisis que ponen en peligro la permanencia, estabilidad y continuidad de las iglesias involucradas. La disminución en el número de congregantes, así como la proliferación de divisiones, son hechos que avalan esta preocupación.

Las iglesias más institucionales también enfrentan una transición en sus modelos de liderazgo. Hay una evolución que explica que la selección u elección de los liderazgos en activo depende más de las fuerzas y los intereses burocráticos que del interés institucional. En los procesos electorales eclesiales puede advertirse la similitud con los procesos electorales político-partidistas. La formación de grupos burocráticos, con la correspondiente exclusión de quienes resulten ajenos o peligrosos para los mismos; así como el abanderamiento de campañas coyunturales explica que, cada vez con mayor frecuencia, los estructuras de liderazgo eclesiales enfrenten tensiones que, en no pocos casos, también se traducen en divisiones y pérdida de membresía.

Otra esfera en la que se advierte una transición del liderazgo tiene que ver con la presencia pública de las iglesias evangélicas. No parece haber una correlación entre el peso específico de las denominaciones y su presencia e influencia públicas. Cada vez más, la voz evangélica está en labios de quienes ni son líderes de una iglesia con presencia significativa, en cuanto al número de miembros, ministros y/o congregaciones. Si se trata de las figuras públicas evangélicas de mayor relevancia, cada vez más lo son artistas, miembros del show business evangélico y menos de ministros o dirigentes institucionales. Es un hecho que el rostro evangélico en los medios electrónicos no representa a las iglesias con mayor presencia y arraigo en el país. En Radio 1440am, por ejemplo, la proliferación de ministerios cuasi desconocidos es mayoritaria; en la televisión resulta evidente que es territorio casi exclusivo de una iglesia no asumida por todos como evangélica y, casi, ni como cristiana.

A Manera de Conclusión

Si consideramos a la iglesia evangélica, cualquiera que sea lo que entendamos por ello, el futuro de la misma no parece ser promisorio. Para empezar, la amorficidad de la misma, plantea el reto de una definición de su identidad que, de no darse, facilitará el que sea permeada más significativamente por los diversos y múltiples modelos alternativos eclesiales. La fragmentación de la unidad del Cuerpo de Cristo, con sus consecuentes enfrentamientos, erosiona la credibilidad, no solo de la Iglesia sino del Evangelio mismo. Obviamente, ante el crecimiento del supermercado religioso y el fortalecimiento de la cultura postmoderna, ello dificulta y limita la tarea evangelizadora de la Iglesia. La debilidad del liderazgo evangélico posibilita y empodera el surgimiento de liderazgos religiosos que resulten con mayor poder de interlocución con la sociedad y el gobierno mexicanos; si esto no se revierte cada vez será más natural que el establecimiento de las políticas públicas ajenas o aún contrarias al interés de los evangélicos, sea pan de todos los días.

Adoniram Gaxiola

Cumbre Evangélica 2009

10 de junio de 2009

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