El Papel de la Iglesia Evangélica en los Procesos de Transformación Social

Rev. Adoniram Gaxiola

Permítanme iniciar proponiendo que el título de esta ponencia nos obliga a realizar algunas precisiones. La primera tiene que ver con la expresión “procesos de transformación social”. ¿A qué nos referimos con tal expresión? ¿Hablamos, en efecto, de la transformación social como un proceso planificado o de cambios “espontáneos”? ¿Se trata de cambios tales como la migración interna o internacional, del desarrollo urbano, o la participación de la sociedad en el establecimiento de políticas públicas, etc.? O, siguiendo a Alain Touraine, estamos hablando de cuestiones tales como el debilitamiento y aún la desaparición de las instituciones, el individualismo, o la emergencia de “un mundo cuya perspectiva es a la vez global e individual”.

También conviene preguntarse si aquellos cambios sociales y/o culturales resultantes del ser y quehacer de las comunidades eclesiales no católicas responden al interés y a la acción coordinada de las mismas.

Otra segunda precisión tiene que ver con el concepto “iglesias evangélicas”. ¿Quiénes son estas? ¿Cuáles los criterios para identificarlas y distinguirlas de las que serían las “iglesias no católicas”? No se trata de una cuestión ociosa. Conviene recordar que, en los Estados Unidos, el concepto evangélico se refiere mucho más a cuestiones ideológico-doctrinales que a aspectos denominacionales. En efecto, el evangelicalismo es un movimiento fundamentalista que trasciende las fronteras denominacionalistas. Así, podemos encontrar bautistas evangélicos y no evangélicos; metodistas, presbiterianos, congregacionalistas, etc., que también pueden asumirse como evangélicos o no.

En México, generalmente se llama evangélicos a los cristianos no católicos. Sin embargo, al interior de la comunidad cristiana no católica, las cosas no resultan tan en blanco y negro. Como sabemos, la presencia cristiana-evangélica en México pasa por diferentes etapas o ciclos. Las iglesias denominadas históricas han sido asumidas como evangélicas, para distinguirlas de la ICAR. Pero, la emergencia de los pentecostalismos se acompañó de la discusión respecto de si las iglesias pentecostales eran o no evangélicas. Cuando, en la presidencia de Carlos Salinas de Gortari se hizo necesario incorporar a otros interlocutores distintos a los provenientes del catolicismo al proceso de consultas sobre las reformas al marco constitucional en cuestiones eclesiales. Aún cuando se encargó a una instancia presidida por un pentecostal la selección de las iglesias que acudirían al encuentro con Salinas de Gortari, la comisión solo fue integrada por representantes de iglesias históricas pues, se consideró, la invitación era a los evangélicos y ello no incluía a los pentecostales.

Más aún, al interior de la comunidad cristiana no católica hay grupos que no solo no son reconocidos como evangélicos por históricos y pentecostales, sino que aún son considerados como sectas y marginados y hasta combatidos por quienes se asumen evangélicos. Por ejemplo, una de las iglesias no católicas más antiguas, la Iglesia Adventista del Séptimo Día, todavía aparece en no pocas publicaciones evangélicas en la clasificación de sectas. Del lado pentecostal, la primera iglesia pentecostal establecida en la República Mexicana, la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús (1914), también forma parte de las listas sectarias. Iglesias de más reciente aparición, como la Iglesia Universal del Reino de Dios, enfrentan la misma marginación y rechazo que otras muchas han sufrido antes de haber sido asumidas, explícita o implícitamente, como iglesias evangélicas.

Una tercera definición tiene que ver con a quién reconocemos como “iglesia”. La tendencia general privilegia el reconocimiento a las instituciones legitimadas ya sea por razones históricas, sociales, doctrinales y/o legales. Cada vez más, en nuestro país se asume como iglesias legítimas aquellas que han obtenido la calidad de asociaciones religiosas. Ello se explica en el trato privilegiado a estas últimas y la discriminación, desde los diferentes niveles gubernamentales,  que legalmente y de hecho, sufren aquellas que no han ejercido su derecho de optar o no por la obtención de su registro constitutivo como asociaciones religiosas. Peor aún, al interior de las mismas comunidades religiosas existe una menosprecio que se traduce en desconfianza hacia estas y; si se me permite la expresión, un menoscabo de la estima propia de las iglesias que no han obtenido, por la razón que sea, la presunta legitimación derivada de su estatus como asociación religiosa.

A lo anterior se suma la cuestión de si la iglesia es necesariamente una instancia institucionalizada, o si son iglesia aquellos que confiesan su fe en Jesucristo como Señor y salvador, aún cuando no formen parte de las instituciones eclesiásticas.

Ha sido necesario este largo planteamiento para poder aproximarnos a la consideración de aquello que podemos identificar como el papel de la iglesia evangélica en los procesos de transformación social. Vemos por qué.

Cuando se trata de analizar la presencia evangélica en los momentos torales de la historia mexicana, es frecuente referirse a tres de estos: la Reforma animada por el pensamiento juarista, la elaboración de la Constitución de 1957 y la Revolución Mexicana. La participación de simpatizantes y miembros de distintas iglesias no católicas, ha sido asumida como el aporte protestante a la creación del México moderno. Por ejemplo, Jean Pierre Bastian asegura al respecto:

Esto me llevó a tomar en cuenta el protestantismo como un fenómeno social que había que estudiar en relación con el contexto social, económico y político que permitió su inserción en la región latinoamericana… Me di cuenta que el protestantismo existe, no solo como fenómeno socio-religioso sino también como interrogación y como cuestión central en la perspectiva de entender el desarrollo de la modernidad en la región latinoamericana… Históricamente es un movimiento que pone en tela de juicio los mecanismos de poder y de legitimación ligados a la sociedad colonial en América Latina. Por eso, abordar estos movimientos de larga duración es entenderlos como constitutivos de la historia de América Latina… esto en particular porque la sociedad colonial latinoamericana se construyó en enlace con el movimiento de contrarreforma católica. (2006)

La perspectiva de Bastián, compartida por muchos, implica que los movimientos protestantes resultan “constitutivos de la historia de América Latina”. Lo que podría parafrasearse así: “los movimientos protestantes mexicanos resultan constitutivos de la historia de México”. Desde tal perspectiva resulta propio mencionar algunos nombres y relacionarlos como momentos torales de nuestra historia:

José María Luis Mora, Juan de Dios Pesa, Manuel Altamirano, quienes simpatizaron con el movimiento protestante, contribuyendo a, y siendo beneficiados por, la expansión y consolidación del mismo. Pascual Orozco, Abraham Franco, Otilio Montaño, José Trinidad Ruiz, José Rumbia Guzmán. Andrés Osuna, Gregorio Vázquez, Aarón y Moisés Sáenz, Alfonso Herrera, Rubén Jaramillo, revolucionarios, educadores, intelectuales. Unos metodistas, otros congregacionales y presbiterianos, etc. Más recientemente, también vinculados las iglesias históricas, Eva Sámano de López Mateos, Gonzalo Báez-Camargo y Alberto Rembao. Entre los contemporáneos destacan Humberto Rice, Pedro De Coster, María de los Ángeles Moreno, Evangelina Mercado ,Pablo Salazar Mendiguchía;  y, en los campos del espectáculo y deportivos, personajes tales como Yuri, María del Sol, Lupita D´Alessio y su hijo Ernesto, Ninel Conde, Adolfo Ríos, Marco Antonio Rodríguez y otros más. Mención aparte merece Carlos Monsiváis, quien heredero de la tradición metodista se hizo miembro de la Iglesia Cristiana Interdenominacional de México, una iglesia que  tiene sus orígenes en los inicios del movimiento pentecostés independiente pero que mantiene una “sana distancia” respecto de la mayoría de las iglesias consideradas “evangélicas”.

Aquí toman sentido las precisiones que ocuparon nuestra atención al inicio de esta ponencia. Porque, si bien se trata de aportes significativos a la transformación social de nuestro país, no puede asegurarse que, en estricto sentido, tales aportes hayan sido realizados como una expresión colectiva de la comunidad evangélica, ni, en la mayoría de los casos, de una denominación en particular. Para una mejor comprensión de este punto ofrecemos un par de ejemplos:

María Eugenia Fuentes Bazán, en su trabajo Los Estudiantes del Instituto Metodista Mexicano y la Revolución Mexicana, al mismo tiempo que registra la presencia de estudiantes metodistas en posiciones y a cargo de tareas relevantes tanto en el carrancismo como en el zapatismo, asegura:

Durante el movimiento revolucionario de 1910, la Conferencia Anual, órgano máximo de la Iglesia Metodista Episcopal de México, recomendó a sus pastores “mantenerse al margen” de cualquier manifestación en la vida política del país”.

Igualmente interesante resulta que la iglesia de referencia, en la síntesis histórica que publica en su sitio en la Internet, no hace referencia alguna sobre la participación de los metodistas en los movimientos sociales, ni siquiera en lo que se refiere al Congreso Constituyente de 1917.

En el mismo sentido podríamos considerar la participación de algunos laicos y pastores provenientes de iglesias metodistas, presbiterianas, luteranas y pentecostales, en el movimiento urbano popular resultante de los sismos de 1985. Estos cristianos sirvieron como enlace entre los dirigentes de los varios movimientos urbano-populares y diversas organizaciones ecuménicas europeas y norteamericanas. Canalizaron recursos significativos al través de dichas organizaciones populares, lo que permitió a estas enfrentar al gobierno mexicano en su pretensión de desplazar a la periferia de la Ciudad de México a quienes habían perdido sus casas en el centro de la misma. Además, la política del Centro Ecuménico Mexicano de Ayuda de Damnificados (CEMAD), colaboró al reconocimiento de las familias “desdobladas”, como damnificadas, dando pie a la Fase II del programa de vivienda gubernamental, mismo que benefició a cerca de 50,000 familias más.

El apoyo a las organizaciones vecinales propició la emergencia y fortalecimiento del movimiento urbano popular que se tradujo en los logros de la izquierda mexicana, particularmente en el centro y sureste del país. No obstante los aportes a la transformación social resultante, los integrantes del CEMAD tuvieron que luchar en contra de sus propias instituciones eclesiales, dado que estas prefirieron reducir su participación al ámbito asistencial en la etapa de emergencia, o plegarse a las políticas gubernamentales.

¿Podemos hablar, entonces, del aporte de las iglesias evangélicas en los procesos de transformación social, como un hecho histórico? Depende de lo que entendamos por iglesia. Si la iglesia es el ente institucional que participa de manera intencional y programada en los procesos de transformación social, habrá que reconocer que uno de los pecados institucionales de tal iglesia es su omisión ante las necesidades sociales y el quehacer del pueblo. Pero, si se asume como un “hacer de la iglesia” lo que sus miembros hacen, la respuesta tendrá que ser afirmativa.

Esto implica el reconocer que la iglesia es más que las instituciones. Y que el quehacer de la misma no está supeditado al interés, prioridades y compromisos institucionales. Más bien, son los hombres y las mujeres, muchas veces a nivel individual y en contra del peso institucional, los que contribuyen, animados por el “espíritu evangélico”, a las transformaciones sociales más significativas y trascendentes. Tanto en los escenarios nacionales como en los de menor influencia. No en balde, como acostumbraba recordarme mi Padre, “la historia la escriben los herejes”.

En preparación para este evento he preguntado a diversos líderes mexicanos sobre cuál consideran es el principal aporte de la iglesia a la transformación social de nuestro país. Dos citas me parecen ilustrativas:

Gonzalo Vega, líder de una iglesia que no se asume a sí misma como “evangélica” dice:

Consideramos que el aporte dado a la comunidad, es hacerles sentir la convicción de que solo en base a la Palabra de Dios es posible respirar y vivir en este planeta. Nos dedicamos a enseñar la Palabra en unos 60 cursos bíblicos al trimestre. Esto nosotros, de lo que haga la comunidad evangélica otro dará el dato.

Félix Gaxiola, Obispo Presidente de la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, asegura:

Procuramos predicar el mensaje de salvación a todas las personas. Las animamos a que comprendan que la salvación tiene que ver con el todo de sus vidas: su persona, la familia y la comunidad. Por ello los animamos a compartir su fe y a colaborar en la transformación de sus vecinos.

Si bien, desde una perspectiva sociológica tales aportes podrían parecer de menor importancia, el hecho es que los mismos resultan determinantes en la vida de millones de mexicanos cuya existencia ha sido transformada a partir de su conversión a Jesucristo. La conversión es un proceso que afecta mucho más que la intimidad espiritual de la persona. Afecta su cosmovisión y, por lo tanto, el cómo de su relación con la sociedad de la que es parte. Así, regularmente el converso asume una dinámica de transformación que afecta positivamente su propia vida, la de su familia y la de la comunidad en que vive. En no pocos casos, tal dinámica transformadora es llevada a los centros de trabajo y escolares, produciendo una reacción en cadena que, “desde abajo” transforma a la comunidad inmediata.

Un fenómeno similar se da alrededor de las congregaciones cristianas-evangélicas. Su presencia altera, siempre, los procesos sociales de las comunidades en que se insertan. La promoción que hacen de los valores fundamentales, los servicios que prestan a la comunidad (que van desde los asistenciales hasta los de consejería y acompañamiento en las crisis personales y familiares), marcan en muchos casos un antes y después de la comunidad, aún cuando no todos sus miembros, o apenas una minoría de los mismos, abrace la fe evangélica.

Tales aportes no dejan de lado, sin embargo, la omisión institucional respecto de las responsabilidades éticas y sociales de las iglesias evangélicas. Al respecto, otro destacado conocedor del movimiento evangélico mexicano, el Lic. Jorge Lee Galindo, bautista, precisa:

Me da la impresión que la Iglesia evangélica ha estado omisa en casi toda la transformación de nuestra sociedad en lo que se refiere a los últimos tiempos. Digo esto porque la he visto callada en temas que la propia sociedad  bien o mal ha aceptado y aún más,  se ha visto envuelta en muchas de las veces en temas de corrupción y de pecado que le otorga puntos en contra para tener autoridad moral para hablar.  Temas como el homosexualismo, la inseguridad, la pobreza, la democracia, el aborto, la equidad de género, etc. han  sido muy poco atendidos por las iglesias. Creo que han enfocado su batería a temas de su propio “interés”, interés del Pastor principalmente. Me refiero al número que se quiere alcanzar para su ego y no a la realidad social en la que la Iglesia está enclavada.

Creo que la Iglesia debe de ser una Iglesia profética, que anuncie y que denuncie, y que sus laicos trabajen actuando en donde se desarrollen a diario comprometiéndose con los principios del evangelio. –La Iglesia fuera del templo–

Por otro lado, en nuestro kairós, al lado de la tarea que realizan muchos miembros y simpatizantes animados por el “espíritu evangélico”, diversas iglesias están haciendo significativos aportes a la transformación de la sociedad mexicana. Nos referimos a tales aportes porque trascienden tanto la esfera micro (personal, familiar y comunitaria), como a los espacios de acción tradicionalmente reservados a las organizaciones e instituciones religiosas. Tales iglesias, con su quehacer están contribuyendo a la recomposición del mosaico cultural de nuestra nación, así como a la transformación de los modelos tradicionales de participación política. Cabe la pena señalar que se trata de “iglesias marginales”, es decir, de instituciones que no han logrado su plena legitimación entre la comunidad cristiana no católica.

Iglesia Adventista del Séptimo Día. Esta iglesia, cuyo establecimiento data de finales del Siglo XIX y que está considerada entre las tres con mayor número de centros de culto, se distingue por su aporte en el terreno de la educación y de la salud preventiva. Cuenta con numerosos hospitales, clínicas y escuelas en todo el país. Además de ser, prácticamente la única comunidad cristiana que cuenta con instituciones de educación superior con reconocimiento internacional.

Iglesia La Luz del Mundo. Con sede en Guadalajara, Jalisco, esta institución ha desarrollado una gran capacidad para la organización urbana-popular en diferentes ciudades del país. Además, cuenta con una infraestructura educativa y médica de primer nivel, gracias a la visionaria preparación de sus laicos a quienes ha animado a posicionarse en los sectores políticos, académicos y sociales en ciudades y estados claves de México.

Iglesia Universal del Reino de Dios. Con apenas veinte años de trabajo en el país, esta iglesia ha contribuido a la presencia de los sectores no católicos en los medios masivos de comunicación. Pionera en el uso regular del radio y la televisión, esta iglesia aporta su experiencia en el manejo de los mismos, así como el costo económico, social y de imagen que su tarea pionera le han representado.

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